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La cera en los oídos es, para muchos, sinónimo de mala higiene. Contrario a lo que se cree, ella tiene funciones específicas y fundamentales en la protección del oído. Es más, en condiciones ideales no es necesario limpiarla, incluso, quitarla en exceso trae complicaciones. Todos, en mayor o menor medida, producimos cera en los oídos. Ella lubrica, aisla y protege el conducto auditivo externo (1) de agresiones como la humedad o las infecciones. Además, el oído cuenta con los mecanismos adecuados para removerla de manera que no se acumule y cause alteraciones, por ejemplo, en la audición.
Aún así, es frecuente que las personas recurran a pinzas, llaves, copitos e infinidad de objetos con tal de removerla. Eso, fuera de exponer el conducto auditivo y la membra timpánica a lesiones, altera el mecanismo normal de autolimpieza.
El uso, entre otros, del copito hace que la cera se desplace hacia adentro favoreciendo que se acumule, impacte y forme tapones. Estos tapones son causantes de disminución en la agudeza auditiva, sensación de pitos, de mareo e incluso aquellos que van a piscina, mar o río se exponen a que el tapón evite el drenaje normal del agua y se produzcan infecciones.
Si usted tiene predisposición a producir mucha cera, visite a su médico, así podrá conocer el estado de su conducto auditivo y puede ser candidato a alguna de las medidas adecuadas para removerla:
* Limpieza bajo visión microscópica
* Lavado de oído
* Aceites minerales que ablandan y remueven la cera sin necesidad de otras medidas
(1)